Dino Pepino Hoy es el cumpleaños de un amigo.

Hace un día soleado y precioso.

Nos metemos en una sala subterránea sin ventanas e hiper-iluminada.

A lo largo del pasillo descendente se suceden las máquinas de refrescos.

A la izquierda… una especie de ring, con juguetes saltarines verde chillón.

Yo y mis compañeros observamos aquel paisaje demencial mientras barrunto: otra gilipollez más; otra incoherencia más: el mundo al revés; ¡vamos afuera a reír al sol!

En el momento en el que mis amigos salen disparados a cabalgar, felices, en aquellas tristes masas de plástico verdoso, me quedo congelado en el sitio.

Por un momento fugaz les veo saltando, allá en el ring y… me sobreviene un malestar tremendo, nada que hubiera sentido antes, y me acurruco a llorar sentado entre dos masas de chatarra expendedoras de mierda con azúcar (las máquinas de refrescos, claro está).

Mientras mis mejillas se van mojando, mi mundo parece desplomarse: es la separación, entre yo y la norma.

Pero no entiendo nada, no sé qué me pasa.

Adultos y niños pasan delante de mí, ignorándome, hasta que después de lo que me pareció mucho tiempo, un amigo se arrodilló y me preguntó: ¿qué tal estás?